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Guerras de letras no de bombas


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Ojalá algún día las guerras entre los seres humanos cuenten como única arma de destrucción el poder de las letras y de la imaginación.
Ojalá algún día se sustituya el arte de la guerra con sabor a muerte por el arte de inventar creativo.
Ojalá este ojalá sea escuchado y tenido en cuenta.

El Dragón


Barcelona ©2011 José Manuel Alabarce Páez
Barcelona ©2011 José Manuel Alabarce Páez

Hubo un tiempo en el que el dragón sembró a las gentes con el fuego de su palabra y renovó el aire corrompido con el batir de sus enormes alas.
El miedo de unos pocos fue más fuerte que la esperanza de muchos y comenzaron a forjar unas cadenas con las que poder apresar a la bestia y así poder controlar el fuego de su ira.
Una a una, las enormes y pesadas cadenas fueron clavándose sutilmente en su escamosa piel hasta que, sin darse cuenta, quedó preso. Prisionero de unas normas escritas sobre aquel metal en el que cada eslabón reforzaba la continuidad del anterior formando una unión perfecta de imperfecciones interesadas.
Hubo algo que jamás lograron arrancarle. Algo que poseía como un tesoro oculto en lo más profundo de su ser y al cual se aferraba en los momentos de soledad. Ese algo que le daba fuerzas para continuar. La fe en sí mismo.
La noche me trajo su voz hueca, profunda, como el trueno en la tormenta:
Al final, cada uno decide qué cadenas arrastrar en su vida. Nadie puede impedirme amar como una bestia, limar estos eslabones con la fuerza de mis pensamientos y que estos traspasen vuestra realidad. Algún día mis letras volverán a ser las balas que recarguen mis palabras de fuego. La cuestión es… ¿Qué haríais si el dragón se libera? 

La decisión


©2014 Josmanu
©2014 José Manuel Alabarce Páez

Cuando detuvo sus pasos imágenes de recuerdos comenzaron a aparecer como fantasmas poblando aquella solitaria calle. Idas y venidas entre saltos y risas, miradas de complicidad con el deseo de una caricia, el roce de un susurro, el olor de su pelo… Justo ahí, donde estaba ahora anclado, él cogió sus manos como el que trata de sostener la fragilidad de una esperanza, la miró a los ojos y sus corazones empezaron a palpitar apresuradamente. Ella deseaba escucharlo. Él quería detener el tiempo en aquel instante y fundir en su alma aquella mirada. Fue ahí, justo ahí, donde se prometieron amor eterno. La guerra, las penurias y el hambre hicieron que sus caminos se separaran. Él tuvo que marchar con sus padres a otro país, huyendo como tantos otros del horror y la muerte. Las cartas sirvieron para paliar la amargura de sus corazones impuesta por la obligada distancia. Letras de amor y pasión que poco a poco fueron dejando paso a la cruda realidad de la situación: la vida continuaba con o sin ellos. El frío fue apagando la llama y las letras se convirtieron en hielo hasta que dejaron de llegar. Más tarde él supo que ella se había casado con un ebanista, montaron su propio negocio y prosperaron. Tuvieron dos hijos y cuatro nietos. Una inesperada enfermedad la dejó viuda hace ya algunos años. Él, por su parte, conoció otras camas, otras pieles que acariciar, otros perfumes de mujer, pero ninguno como el de ella. Jamás se casó, ni tuvo descendencia. La resignación y el recuerdo fueron su única compañía. Tenía ya la edad de la muerte cuando supo al verse allí postrado que tenía que tomar una decisión: dar un paso atrás y dejar las cosas como estaban o caminar hacia aquella puerta y abrazar lo inesperado. El silencio fue roto por el sonido de una puerta al abrirse. La silueta de una anciana que conservaba la belleza que una vez albergó se dibujó ante él. No le importó que el agua de la lluvia mojara su pelo a medida que iba acercándose con pasos temerosos, como quien espera descubrir algo que ya sabe. Cada vez más cerca… y más, hasta que sus corazones volvieron a sintonizar en la misma frecuencia cuando se fundieron en un abrazo, ahí, en aquel justo lugar. El grito repetido de “¡Mamá!” de una mujer recorrió la calle en busca de una respuesta que no llegó. Sus ojos otearon a un lado y a otro, pero solo vio frente a ella a una joven pareja de enamorados que la brindaron una feliz sonrisa y un beso en el aire.

La niebla


©2014 José Manuel Alabarce Páez
©2014 José Manuel Alabarce Páez

Con la espada a la espalda y el cuchillo ensangrentado cruzado en el cinturón de piel anduvo por valles y colinas con la única compañía del recuerdo de aquel amanecer, atormentándole a cada paso.
“Fue la niebla”, se repetía incesantemente, “Fue la bestia en la niebla”. En cada exhalación, el vapor que salía de su aliento le iba transportando hacia aquel momento de su vida que trataba de borrar. La densa niebla cubría por completo la cabaña donde vivía con su joven esposa. A tientas y casi por instinto pudo encontrar la puerta a la vez que de sus labios brotaban las sílabas que componían el nombre de una mujer: Nimue.
No podía ver nada, la niebla se había adueñado por completo del interior de la casa, era como haber entrado en las fauces de una bestia. Ese sibilino silbido le hizo ponerse en alerta. Cuchillo en mano y con gesto desafiante fue entrando en la estancia.
Cuando el sol irrumpió por la ventana pudo verse arrodillado en el suelo abrazando el cuerpo inerte de Nimue. Una gran mancha de sangre cubría sus cuerpos mientras él no cesaba de repetir entre sollozos su nombre en un vano intento de revivirla con sus lágrimas. Esta vez no era como los cuentos de hadas donde la princesa se despertaba con el delicado beso del príncipe azul. Esta vez era diferente. Ella ya no iba a despertar jamás.
Juró buscar aquella maléfica niebla y atravesar con su espada el corazón de la bestia que habitaba en su interior.
Y fue así, que al subir una pequeña colina, una ermita perdida entre las montañas apareció ante sus ojos. Detrás, la niebla. En aquel recóndito lugar, perdido en el mapa por explorar del mundo, nadie supo si fue la niebla quien le encontró a él o él a ella. En ese instante, ambos supieron que la búsqueda llegaba a su fin.
Fue el destello de un recuerdo el que le hizo caminar apresuradamente hacia la puerta y golpearla con la esperanza de encontrar a alguien en su interior. Los golpes retumbaban entre las montañas como los tambores que preludian la batalla.
La puerta se abrió lentamente dibujando la silueta de un anciano monje. Su rostro era el de aquel que ha encontrado la paz consigo mismo y ha entendido el por qué de la existencia. Aferrado a sus pies un hombre lloraba desconsoladamente. Acariciándole el largo cabello con el fin de transmitirle un poco de serenidad le preguntó con voz suave:
-¿De qué huyes, hijo mío?
Entre sollozos de lamento y dolor, con la mano empuñada en el cuchillo y la mirada perdida en la niebla dijo:
-De mí, padre…

Una leyenda


©2013 José Manuel Alabarce Páez
©2013 José Manuel Alabarce Páez

Cuenta la leyenda que al igual que la luna y el sol fueron condenados a no encontrarse, dos enamorados corrieron igual desdicha hace muchos siglos en las tierras frías y húmedas del norte.
El joven y apuesto príncipe Galadwyn, hijo de Arahan señor de las altas tierras conoció en su fiesta de cumpleaños celebrada en su honor al cumplir la mayoría de edad a la hija del señor de las tierras del sur, Nimran.
Nimram poseía la ternura de la inocencia y la mirada pura de las nieves vírgenes del fin del mundo. Galadwyn era fuerte, feroz guerrero y tan lleno de amor como estrellas hay en el cielo. El amor surgió en ellos con la primera mirada que detuvo el tiempo por un instante, afianzado con el suave roce encontrado de sus dedos. La sonrisa de complicidad seguida de la caída sonrojada de sus miradas lo confirmó.
Eran tiempos de conquistas, pactos y traiciones. Nardor, señor de las islas de fuego había asistido al evento con la intención de ofrecer a su hija Malaanfal, temerosa maga, a desposarse con el joven príncipe, para así formar una gran alianza que asegurara el dominio por mar y tierra frente a los ataques de los bárbaros de las tierras de poniente.
Ante la propuesta de su padre, Galadwyn se negó enérgicamente, pues su corazón ya había sido robado por la bella Nimram y sellado su amor eterno bajo el milenario árbol de la Verdad. La Luna fue testigo y la brisa el manto que los cubrió.
Malaanfal siguió la noche posterior a los enamorados que se dirigían hacia  las profundidades del bosque sagrado y pudo comprobar el amor tan verdadero que ambos se profesaban. La envidia comenzó a abrasar su corazón de carbón a la vez que la ira devoraba su oscura alma. Así que utilizó su poderosa magia maligna lanzando un terrible hechizo sobre ellos. Él se convertiría en piedras sobre aquel camino y ella en agua para cubrirle. Condenados a estar juntos sin estarlo. Sentir a su amada sin poder abrazarla, sin detenerse para besarla, en un bucle infinito.
Cuenta la leyenda, que la diosa del agua, conocedora de la historia a través del árbol de la Verdad, concedió a los enamorados una gracia. Cuando los dos desearan fervientemente con toda su alma, con toda su pasión, cuando ambos se necesitaran mutuamente como el latido a la vida, entonces, y sólo entonces el agua se fundiría en la piedra para no borrar ni olvidar aquel amor verdadero.
Muy pocos testigos han sido los afortunados de contemplar tan magnífica y emotiva muestra de amor. Un regalo que os traigo para que nadie olvide que el amor se manifiesta de muchas maneras y en cada una puede que haya una historia como esta. Una leyenda.