La niebla


©2014 José Manuel Alabarce Páez
©2014 José Manuel Alabarce Páez

Con la espada a la espalda y el cuchillo ensangrentado cruzado en el cinturón de piel anduvo por valles y colinas con la única compañía del recuerdo de aquel amanecer, atormentándole a cada paso.
“Fue la niebla”, se repetía incesantemente, “Fue la bestia en la niebla”. En cada exhalación, el vapor que salía de su aliento le iba transportando hacia aquel momento de su vida que trataba de borrar. La densa niebla cubría por completo la cabaña donde vivía con su joven esposa. A tientas y casi por instinto pudo encontrar la puerta a la vez que de sus labios brotaban las sílabas que componían el nombre de una mujer: Nimue.
No podía ver nada, la niebla se había adueñado por completo del interior de la casa, era como haber entrado en las fauces de una bestia. Ese sibilino silbido le hizo ponerse en alerta. Cuchillo en mano y con gesto desafiante fue entrando en la estancia.
Cuando el sol irrumpió por la ventana pudo verse arrodillado en el suelo abrazando el cuerpo inerte de Nimue. Una gran mancha de sangre cubría sus cuerpos mientras él no cesaba de repetir entre sollozos su nombre en un vano intento de revivirla con sus lágrimas. Esta vez no era como los cuentos de hadas donde la princesa se despertaba con el delicado beso del príncipe azul. Esta vez era diferente. Ella ya no iba a despertar jamás.
Juró buscar aquella maléfica niebla y atravesar con su espada el corazón de la bestia que habitaba en su interior.
Y fue así, que al subir una pequeña colina, una ermita perdida entre las montañas apareció ante sus ojos. Detrás, la niebla. En aquel recóndito lugar, perdido en el mapa por explorar del mundo, nadie supo si fue la niebla quien le encontró a él o él a ella. En ese instante, ambos supieron que la búsqueda llegaba a su fin.
Fue el destello de un recuerdo el que le hizo caminar apresuradamente hacia la puerta y golpearla con la esperanza de encontrar a alguien en su interior. Los golpes retumbaban entre las montañas como los tambores que preludian la batalla.
La puerta se abrió lentamente dibujando la silueta de un anciano monje. Su rostro era el de aquel que ha encontrado la paz consigo mismo y ha entendido el por qué de la existencia. Aferrado a sus pies un hombre lloraba desconsoladamente. Acariciándole el largo cabello con el fin de transmitirle un poco de serenidad le preguntó con voz suave:
-¿De qué huyes, hijo mío?
Entre sollozos de lamento y dolor, con la mano empuñada en el cuchillo y la mirada perdida en la niebla dijo:
-De mí, padre…

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7 pensamientos en “La niebla”

      1. No sé si las condiciones lo permitían pero yo me hubiera ido más a la izquierda, es decir, sacar un poco más la fachada principal dele edificio y que se viese el árbol y también la niebla del fondo. Pero simplemente es mi perspectiva. No te ofendas ni nada. Está muy bien la foto.

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