Carta a la soledad de tu recuerdo


Bosque
El Bosque. ©2014 José Manuel Alabarce Páez

Cuando el negro manto de la noche oscurece sinuosamente las calles de mi ciudad, es entonces cuando me viene a la memoria tu recuerdo. Cierro los ojos y la ciudad desaparece en el vacío. Te busco entre ese abismo de oscura soledad mientras pronuncio tu nombre sin hablar. De repente, de entre las sombras más oscuras de mi pensamiento, surge un haz de luz que me revela tu figura. Por fin, ahí estás, frente a mí, tan cerca y a la vez tan inalcanzable… Un mechón de tus cabellos del color de la caoba se desliza graciosamente sobre tu frente. Esta vez tu pelo cae sobre los hombros dejando intuir tu cuello de cisne, ese cuello que tantas veces soñé besar. Tu mirada tan llena de vida contrasta con tus ojos tristes. Labios finos de alegre y pícara sonrisa sobre carita de niña… Tu rostro es la dulce mezcla de la ternura de la niñez con la candidez de la juventud. Piel dorada sobre cuerpo de Venus, ¿qué puedo hacer cuando tu mirada eclipsa mi corazón?
Cuando el rugir de la mañana da paso a la serenidad de la noche es entonces cuando puedo sentir los latidos de mi corazón. Frenéticos tañidos que repiten tu nombre en un desesperado intento por brotar de mi pecho. Al mismo tiempo, la memoria me tortura con besos que no di, abrazos que se perdieron en el aire y caricias que te dibujé en mis mojadas sábanas blancas. Florecen de mis ojos soñados gotas de agua y sal que besan las mejillas susurrando lamentos de tormento. El silencio de la noche me despoja del alma contenido sollozo que atribula en la garganta. Mi cuerpo se retuerce en un vano intento de envolver en mi pecho el dolor de tu recuerdo… Es así como me descubre el alba.
Cuando el primer rayo de luz dibuja el contorno de mi ciudad es entonces cuando descubro la tristeza de mi soledad. Pesadamente me dirijo hacia la ventana de mi dormitorio y el día me anuncia con amargura que ya no estarás. Observo a las gentes moviéndose aprisa entre el gris del cemento y el asfalto y a nadie le importa que tú ya no estés. Cierro los ojos y se dibuja en mis labios la agria sonrisa de la odiada resignación. Me pregunto si sus vidas serán tan vacías como la mía… Mis pulmones se hinchan buscando en el aire los vagabundos restos de valor que haya podido dejar escapar. Por fin, consigo reunir fuerzas exhalando mi contenida rabia sobre los cristales de la ventana a la vez que dirijo mis tardos pasos hacia el cuarto de baño. Me gusta sentir el agua corriendo en la cara, inundando mi cuerpo, recuerdo que te lo dije, es lo más parecido a la lluvia. La toalla, ligeramente áspera, se encarga de recoger entre sus hilos el agua que moja mi piel. Deslizo la mano sobre el espejo y tras el vaho se presenta mi rostro. Nuestras vacías miradas se cruzan desafiantes en un intento por descubrir algún atisbo de perdida esperanza.
Pasan las horas y trato de reunir valor para hablar contigo en aquel fúnebre lugar. “Tuviste prisa por ir allí”, pienso con amarga ironía. El sonido de la puerta al cerrarse tras de mí me parece más pesado que de costumbre. Llevo en mis manos rosas rojas que sé con tristeza que no verás. Quiero que sepas que cada una de las espinas que recorren sus tallos son las lágrimas que en un día derramé por ti.
Cuando me siento en el coche miro el asiento de al lado y me acuerdo de la última vez que te vi ahí, junto a mí. ¡Qué bella sonrisa tenías! Busco en la guantera una cinta y lentamente la introduzco en el radiocassette. Automáticamente suenan los acordes de aquella melodía: “Qué canción más bonita”, me dijiste sonriendo. Giro la llave y arranco un rugido que es el mío. Mientras conduzco van quedando atrás los románticos sonidos de aquella canción: I like Chopin.
Sé que hoy será la última vez que nos veamos, amiga mía. Tu recuerdo me está devorando la vida y esta ira que siento está destruyendo mi atormentada alma. Siempre habrá una llama encendida en mi corazón, una llama que jamás se extinguirá, incluso cuando yo ya no esté en este mundo. Creo que lo sabes.
Mis dedos acarician el frío y exánime mármol que lleva inscrito tu nombre. Deposito las rosas con delicadeza a los pies de tu lápida, es entonces cuando me viene a la memoria nuestro secreto: “Tú ya sabes por qué son rojas”, te digo entre lamentos. No puedo más, las lágrimas no me dejan ver el camino de vuelta y un nudo oprime mi garganta hasta casi asfixiarme. El pecho parece querer reventar y el estómago gira vertiginosamente. Sí, de nuevo el dolor, el sufrimiento, la impotencia, la exasperación se apoderan de mi ser y siento que ya no soy yo. Un grito desesperado desagarra el cielo arrancándole unas lágrimas que caen sobre mí. Susurros diminutos llegan a mis oídos y giro la cabeza tratando de localizarlos. Sobre mí se han clavado las miradas de dos niños que jugaban entre los muertos. Es entonces cuando pienso en la paradoja de la situación, tanta vida por vivir entre tanta muerte…Forzada sonrisa y continúo mi camino pugnando por no mirar atrás. Parte de mi vida, hoy, quedará allí, en aquel tenebroso e inanimado lugar poblado de anónimos nombres…
Hoy, en éste día frío y gris de otoño, cuando se cumple un año de tu ausencia, tan solo me queda pedirle a Dios que te haga llegar estas letras, letras escritas con la sangre de mi corazón y firmadas con las lágrimas de mi amor. Jamás caerás en las sombras del olvido.

Adiós, mi amiga…

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